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Tolerancia es democracia, intolerancia es dictadura

Se suele decir que la tolerancia es a la democracia, lo que la intolerancia a la dictadura. Son complementarias, la tolerancia es propia del sistema democrático, mientras que la intolerancia lo es de la dictadura, en cualquiera de sus modalidades.

Samuel Johnson, eximio crítico literario inglés del siglo XVIII, indicó que “el lenguaje es el vestido del pensamiento”. Significa esto que aquella persona cuyo pensamiento político es cerrado y exclusivista, las palabras con las cuales se expresa y por lo tanto sus actitudes políticas derivadas, son intolerantes, sectarias, excluyentes y odiosas.

Samuel Johnson dijo también que “para poder enseñar a todos los hombres a decir la verdad, es preciso que aprendan a oírla”. Muy cierto. Pero habría que agregar que la verdad se asocia solo a la tolerancia y esta a la democracia, mientras que la intolerancia es hermana bastarda de la mentira y ambas asociadas a la dictadura.

Se comprende que la intolerancia exista o se manifieste también en la democracia. En este caso la intolerancia socava la democracia e impide la convivencia y la colaboración constructiva en pro del bien común. Y mucho más en la época actual, porque las redes sociales son las nuevas plazas públicas y escenarios de los foros políticos, donde se puede decir y de hecho se dice lo que se quiera en las sombras del anonimato.

Por supuesto que la intolerancia es peor donde hay dictadura. Primero porque los ciudadanos no pueden expresar libremente sus pensamientos, sobre todo sus opiniones políticas, y quienes se atreven a opinar lo hacen desde el anónimo refugio —o la trinchera según el caso— de las redes sociales.

El filósofo político estadounidense, John Rawls (1921-2002), dice en su libro Teoría de la Justicia que la tolerancia es un fin en sí mismo, es neutral y debe incluso tolerar la intolerancia. Es lo que llaman la “paradoja de Rawls”, de que la tolerancia, al tolerar todo inclusive la intolerancia, corre el riesgo de ser disminuida y hasta anulada.

En eso radica quizás la mayor debilidad de la democracia, que tolera la participación política de quienes no son democráticos. Estos aprovechan las instituciones fundamentales de la democracia, como las libertades políticas y las elecciones libres, para tomar el poder y después socavarla e inclusive destruirla.

Algunos opinantes políticos estiman que donde hay democracia se podría o debería implementar medidas legislativas contra los mensajes de odio que se derivan de la intolerancia verbal. Pero acompañadas o complementadas con mensajes positivos, en los medios de comunicación y desde los sectores público y privado, promocionando la empatía para la convivencia política y social.

Cuando en 1990 la democracia triunfó, pacífica y electoralmente en Nicaragua, y esta volvió a ser república durante algunos años, se crearon centros de educación cívica y democrática para promover la cultura de la tolerancia, como pilar de la reconciliación nacional. Lamentablemente eso ya no existe, porque no es la democracia la que está a la orden del día en este país.

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