La revolución sandinista de 1979-1990 trajo consigo una nueva modalidad de persecución religiosa: el utilizar una parte de la Iglesia para atacar a la otra. Astutamente, el FSLN en el poder nombró ministros a cuatro sacerdotes: Ernesto Cardenal, Cultura; Fernando Cardenal, Educación; Edgar Parrales, Familia; y Miguel d’Escoto, Relaciones Exteriores. Hacerlo contribuyó a camuflar su ideología marxista leninista. ¿Cómo puede ser comunista —decían muchos— un gobierno que tiene cuatro curas en el poder?
Ellos eran miembros del sector de sacerdotes, monjas y teólogos, algunos de ellos extranjeros y de renombre, que tras adoptar la Teología de la Liberación alegaban que la Revolución respondía al mandato cristiano de optar por los pobres. También decían que no había contradicción alguna entre marxismo y cristianismo. Ernesto Cardenal llegaría a decir: “Para mí, la revolución y el reino de los cielos, mencionado en el evangelio, son la misma cosa. Un cristiano debe abrazar al marxismo si quiere estar con Dios y con los hombres”.
Los obispos, y otro buen sector de sacerdotes y laicos conservadores, rechazaron naturalmente estas interpretaciones e insistieron en que el mensaje de salvación de Cristo no podía reducirse a una opción política concreta. Esto desató las iras del gobierno y de los cristianos revolucionarios y suministró las herramientas ideológicas para atacarla. La Iglesia, decían estos, está dividida entre la iglesia de los ricos e iglesia de los pobres. La primera (la jerarquía), so pretexto de combatir el marxismo, está al servicio de la burguesía, mientras que la segunda (la iglesia “popular”), lo está a favor de los pobres y, por tanto, con la Revolución.
La actitud crítica de estos sectores hacia la iglesia jerárquica facilitó a la dirigencia sandinista el perseguirla. En 1981 el gobierno canceló la misa televisada dominical que el arzobispo Obando había transmitido desde los tiempos de Somoza. En 1982, Radio Católica fue forzada a cerrar por un mes y luego definitivamente. También se le prohibió a la Iglesia recibir donaciones del exterior. Para 1983 los sandinistas habían decretado que las homilías y sermones de los líderes de la iglesia tenían que ser censurados como precondición para su transmisión. Tampoco podía expresar sus preocupaciones en el exterior, pues en el verano de 1981 el gobierno decretó ilegal emitir declaraciones en el extranjero que pudieran perjudicar a la Revolución. En 1985 el obispo Pablo Vega fue expulsado de Nicaragua por verter declaraciones en Estados Unidos.
Aparte de silenciarlos el gobierno perpetró varias trampas para atacar a clérigos. El 11 de agosto de 1982 los medios estatales conmocionaron al país al difundir que sus cámaras de televisión habían sorprendido al padre Bismarck Carballo, asistente del arzobispo, en flagrante adulterio. Los televidentes vieron atónitos cómo un hombre sacaba a empellones al sacerdote desnudo a la calle tras, supuestamente, haberlo sorprendido en flagrante adulterio con su mujer. Lo sorprendente del caso es que tanto la policía, como las cámaras y fotógrafos de los medios, se encontraban en el lugar “por casualidad”.
En 1984 afirmaron haber sorprendido al padre Silvio Peña con explosivos tras darle ride en su auto a un agente secreto del gobierno que los portaba. Fue expulsado del país y en protesta un grupo de sacerdotes protestó en las calles. En represalia fueron expulsados once sacerdotes. Ya antes, desde enero de 1982, tres monjas y dos religiosos norteamericanos, más el obispo de la Costa Atlántica, Salvador Schlaefer había recibido la orden de abandonar Nicaragua. Para 1985 diecisiete sacerdotes cuidadosamente seleccionados sufrieron esta suerte.
Uno de los choques más sonados contra la Iglesia ocurrió cuando Juan Pablo II fue irrespetado en público en la misa campal que ofició en su visita de 1983. Las turbas sandinistas, conectadas al sistema de sonido de la plaza, interrumpieron varias veces la ceremonia exigiéndole que orara por los caídos del Frente en su lucha contra la contra. “Si eres el verdadero representante de Cristo, te exigimos una oración por nuestros mártires”, le gritó una voz estentórea durante la consagración.
Algo único de esta etapa persecutoria es que estas, y otras acciones del Estado que no alcanzo a resumir, fueron justificadas por el sector de la comunidad cristiana identificada con el sandinismo, lo que llevó a Cristopher Batasch, en Le Monde Diplomatique, a observar que el FSLN había encontrado una solución novedosa: “Dejar que los cristianos izquierdistas luchen contra los obispos”.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro y es el autor del libro de historia “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de nicaragua 1492-2019) de venta en librerías locales y en Amazon, versión digital y física.