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LA PRENSA/AGENCIA

Abultasén Abel muere

Después de la Hégira que conmemora la huida del profeta Mahoma de la Meca a Medina, y 632 años después de la cruz, que celebra el inicio de la fe cristiana, en el umbral de la Bulag, en el Jorasán hoy República de Irán, vino al mundo el pérfido e impredecible Abultasén Abel, que diera en vida y después de muerto mucho que hablar a sus familiares, conocidos y amigos.

Después de la Hégira que conmemora la huida del profeta Mahoma de la Meca a Medina, y 632 años después de la cruz, que celebra el inicio de la fe cristiana, en el umbral de la Bulag, en el Jorasán hoy República de Irán, vino al mundo el pérfido e impredecible Abultasén Abel, que diera en vida y después de muerto mucho que hablar a sus familiares, conocidos y amigos.

Era un hombre de aspecto rarísimo, de mirada furtiva, proterva, dicen que abordó las ciencias ocultas, que leyó a los sufíes, los impredecibles volúmenes que hablan de percepción unitaria e indivisible, a Jiddu-Krishnamurti, invadió sin éxito los terrenos de física, los pulcros y castos volúmenes del doctor David Bonn, al igual, quiso con unos libros que escribió y publicó destruir a través de un viaje imaginario entre 12 personas las culturas de Europa.

Conoció infinidades de personas de diferentes sexos y edades, la mayoría jóvenes que aparecían y desaparecían misteriosamente, además a la bella Diana que recuerda a la diosa de los griegos, virgen de la caza y protectora de la naturaleza y que después fue la diosa de la luna, la acosó y ésta se ausentó para siempre, pero ninguno más fiel y aguantador que Eddyfredy, cuyo rostro innoble parecía el de una momia andante, con ojos retorcidos, era el perro fiel encadenado dirigido por Abultasén Abel, y la distinguida secretaria, que en un plato de huesos con comida caminaba delante del perro fiel de Eddyfredy, él que pretendiendo comer pero jamás lograba alcanzar los huesos como un fatal castigo.

Abultasén Abel por tanto avasalla a sus amigos, familiares y por sus pretensiones “científico literarias”, por los múltiples campos de la literatura que dicen abordó, por las personas con las que tuvo amistad y destruyó miserablemente, por su falsa moral y por manosear la poesía y la literatura y haber pretendido destruir la cultura europea e universal con innobles libros procaces que publicó, el mal que le asediaba desde siempre fue haciendo cada vez más visible y permanente, velado primero, más evidente después cómo un cáncer progresivo y cruel. La locura que se le enseñoreaba, pavoneaba en su psiquis de su pobre humanidad, al extremo de parecer una verdadera piltrafa humana.

Pero en una mañana de junio de todos los tiempos, mientras la lluvia en la ciudad caía a raudales, el perro Eddyfredy se desencadenó, el plato de huesos y comida cayó al piso, la secretaria y la doméstica se desplazaban despavoridas por toda la mansión, no se escuchaba ni el más mínimo ruido de los desplazantes. Entonces, Abultasén Abel estruendosamente gesticuló desde lo más profundo de su ser un grito fatal: ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay ayaaaaa…, quedándole la boca abierta, los ojos desmesuradamente grandes como los de una víbora, su osamenta pegada a la piel, las manos al frente y tiesas como queriendo agarrar algo.
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¿Sería que era Satanás o a quién quería asir? ¿O su espíritu es quien le decía adiós? Era la muerte infatigable de la excelencia de las maldades en este mundo de Abultasén Abel. Sus trabajadores llegaron de inmediato a su aposento y observaron lo que nunca creyeron haber visto, a su jefe Abultasén Abel, que por obra del destino y de sus propias maldades lo vieron petrificado, peor que una momia, fue hasta ese momento que el perro fiel de don Eddyfredy expresó a los demás: “Qué extraña la muerte de nuestro jefe, pareciera que no fuera él, pues muere tan delgado como un alfiler, que en la hora de su muerte su mismo espíritu lo devoró”. De verdad, en milésimas y centésimas de segundo de su muerte ésta lo consumió al extremo que de milagro no encontramos sólo sus huesos, dijo la doméstica. ¡Ah! la verdad de la vida, es la verdad, es la muerte, inquirió la secretaria. Como consecuencia corroe, sustrae la misma muerte, aplasta a la maldad fomentada en vida, replicó don Eddyfredy. No vale la pena hacerle una Postdata, ni un Post Scriptum o Postmorten, por todo eso y porque a su última esposa la dejó en la calle, le robó su fortuna y hasta la enloqueció con todas sus artimañas, dicen los vecinos, expresó la secretaria, y la doméstica asintió con un meneo de cabeza. Así terminó el procaz y pérfido de Abultasén Abel, que ni con su muerte se reivindica de tanta maldad que hizo.

La Prensa Literaria

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